Hace mucho, mucho tiempo, mucho antes de que llegara el hombre blanco, el pueblo Sioux no tenía flautas, existían tambores, sonajas, e incluso cuernos de toro, pero no había flautas. En aquel tiempo, un joven cazador salió a cazar, la carne era escasa y su campamento tenía hambre. Encontró las huellas de un alce y las siguió durante mucho tiempo. El alce era sabio y rápido. Es el animal que posee el encanto del amor. Si un hombre tiene la medicina del alce, ganará a la mujer que ame como esposa. También será un cazador con suerte.

Nuestro pobre joven no tenía ninguna medicina de alces. Después de muchas horas, finalmente divisó su objetivo. El joven cazador tenía un arco nuevo y una aljaba de piel de nutria llena de flechas buenas y rectas, con puntas de obsidiana – afilada, negra y brillante como el vidrio. El joven sabía cómo usar su arma – era el mejor arquero de la aldea – pero el alce siempre se mantenía fuera de su alcance, llevando al cazador muy lejos. El joven estaba tan concentrado en seguir a su presa que ni siquiera se daba cuenta por dónde caminaba, y ya estaba muy lejos.

Al anochecer, el cazador se encontró en el fondo de un denso bosque de árboles altos. Las huellas habían desaparecido, al igual que el alce. Se dio cuenta de que estaba perdido y que estaba demasiado oscuro para encontrar el camino de salida del bosque. No había luna que le mostrara el camino. Por suerte, encontró una corriente de agua fresca y limpia. Se alegró al recordar que su hermana le había dado una bolsa de cuero crudo, llena de carne seca con bayas y grasa de riñón, comida fuerte que mantiene a un hombre durante varios días.

Después de que el joven hubo bebido y comido, se envolvió en su manto de piel, apoyó la espalda contra un árbol e intentó descansar un poco. Pero no pudo dormir. El bosque estaba lleno de ruidos extraños – los gritos extraños de animales nocturnos, de los búhos, el gemido de los árboles con el viento. Ya había oído todos esos sonidos antes, pero ahora parecía que los oía por primera vez.

De repente, hubo un sonido totalmente nuevo, del tipo que ni él ni ningún otro hombre habían experimentado antes. Era muy triste, triste y fantasmal. De cierta manera, le infundió miedo, así que se acercó el manto y alcanzó el arco para asegurarse de que estaba bien atado. Por otro lado, este nuevo sonido era como una música, hermosa más allá de la imaginación, llena de amor, esperanza y anhelo.

Y entonces, cuando la noche estaba más de la mitad, de repente se durmió. Soñó que un pájaro llamado Wagnuka, el pájaro carpintero de cabeza roja, se le aparecía, cantando la extraña y hermosa nueva música, diciendo: “Sígueme y te enseñaré”.

Cuando el cazador despertó, el sol ya estaba alto. En una rama del árbol contra el que estaba inclinado, vio un pájaro carpintero de cabeza roja. El pájaro voló a otro árbol y a otro, pero nunca muy lejos, mirando hacia atrás al joven, como si quisiera decir: “¡Ven!”
De repente, hubo una ráfaga de viento, y una vez más, el cazador oyó aquella música maravillosa y su corazón deseaba encontrar al cantor. El pájaro voló hacia el sonido, guiando al joven, su copete rojo llameante flotando entre las hojas, facilitaba seguirlo. Por fin, el pájaro se posó en un cedro y comenzó a tocar y martillar en una rama muerta, haciendo un ruido como el latido rápido de un pequeño tambor. De repente, hubo una ráfaga de viento, y nuevamente el cazador oyó aquel hermoso sonido muy cerca de él.

Entonces descubrió que la música venía de la rama muerta en la que el pájaro carpintero estaba trabajando con su pico. Descubrió, además, que era el viento el que hacía el sonido mientras silbaba a través de los agujeros que el pájaro había perforado en la rama. “Kola, amigo”, dijo el cazador, “déjame llevarme esta rama a casa. Puedes hacer otra.” Tomó la rama, un trozo de madera hueco del largo del antebrazo y lleno de agujeros. El joven regresó a la aldea. No tenía carne para llevar a su tribu, pero estaba feliz de todos modos.

De vuelta en su tipi, intentó hacer cantar a la rama muerta, pero no surgió ningún sonido. Y el joven se puso muy triste. Deseaba tanto volver a oír aquel maravilloso sonido.

Entonces, se purificó en la tienda de sudor, subió a la cima de una colina solitaria. Allí, desnudo, descansando de espaldas contra una gran roca, ayunó durante cuatro días y cuatro noches, llorando por un sueño, una visión que le enseñara cómo hacer cantar a la rama. En medio de la cuarta noche, Wagnuka, el pájaro con el punto rojo llameante en su cabeza, se le apareció, diciendo: “Obsérvame”, transformándose en un hombre, mostrando al cazador cómo hacer cantar a la rama, y en su visión, el joven observó con mucho cuidado.

Cuando despertó, encontró un cedro. Cortó una rama y, trabajando muchas horas, la vació con un taladro de cuerda, tal como vio hacer al pájaro carpintero en su sueño. Talló en la rama una forma de pájaro con cuello largo y pico abierto. La pintó con washasha, el color rojo sagrado. Rezó. Sopló la rama con salvia ardiente y cedro. Tocó los agujeros como había visto hacer al hombre-pájaro en su visión, mientras soplaba suavemente en la boquilla. De repente, oyó la música de asombro y belleza más allá de las palabras. Fue tocando su flauta todo el camino hasta llegar a la aldea, donde la gente se sorprendió y se alegró de oírla. Con la ayuda del viento y del pájaro carpintero, el joven les trajo la primera flauta.

En la aldea vivía un Itanchan – un gran jefe. Este Itanchan tenía una hija que era hermosa, pero también muy orgullosa y convencida de que no había ningún joven suficientemente bueno para ella. Muchos ya la habían cortejado, pero ella los había evitado a todos. Ahora, el cazador que había hecho la flauta decidió que ella era justo la mujer para él. Pensando en ella, compuso una música especial, y una noche, de pie detrás de un pequeño árbol, tocaba su siyotanka con la esperanza de que ella pudiera amarlo.

De repente, la Winchinchala – muchacha, lo oyó. Estaba sentada en la tienda de sus padres, comiendo carne y salchicha de búfalo, sintiéndose bien. Quería quedarse allí, en el tipi junto al fuego, pero sus pies querían salir. Ella tiraba hacia atrás, pero sus pies tiraban hacia adelante, y los pies ganaron. Su cabeza decía: “¡Ve despacio, ve despacio!”, pero los pies decían: “¡Más rápido, más rápido!” Ella vio al joven de pie a la luz de la luna, oyó la flauta. Su cabeza decía: “No vayas hacia él, es pobre.” Sus pies decían: “¡Ve, corre!” Y nuevamente los pies prevalecieron. Entonces quedaron cara a cara. La cabeza de la muchacha le dijo que permaneciera en silencio, pero el corazón le dijo que hablara, y ella habló, diciendo: “Koshkalaka, Joven, soy tuya por completo.”

Entonces se acostaron juntos, el joven y la Winchinchala, bajo una manta. Más tarde, ella le dijo: “Koshkalaka, washtelake”, dijo ella. “Joven, me gustas.” Deja que tu padre envíe un regalo a mi padre, el jefe. No importa cuán pequeño sea, será aceptado. Deja que tu padre hable por ti ante mi padre. ¡Hazlo pronto! ¡Hazlo ahora!

Y así los dos padres estuvieron rápidamente de acuerdo con los deseos de sus hijos. La orgullosa Winchinchala se convirtió en la esposa del joven cazador, y él mismo se convirtió en un gran jefe. Todos los demás jóvenes oyeron y vieron. Pronto, ellos también comenzaron a tallar ramas de cedro en formas de cabezas de pájaros con cuellos largos y picos abiertos. Y así, la hermosa música de asombro y amor viajó de tribu en tribu, hasta llenar toda la pradera. Y así fue como la siyotanka fue traída al pueblo, gracias al alce, al pájaro carpintero, al viento y a este joven cazador, que no disparó a ningún alce, pero sabía cómo escuchar.